Ya os contaba en otro post que la etapa de 0 a 12 años se conectaba con el invierno de nuestra vida. Una etapa en la que el niño experimenta las primeras veces de muchas cosas. Incluso podríamos hablar de que el pequeño inicia o nace por vez primera a los procesos de vida principales (nacer al poder personal, nacer a las emociones, nacer al aprendizaje, nacer al liderazgo, nacer al desapego)

Por otro lado, también os contaba que el cerebro es un órgano interconectado pero aún inmaduro en las primeras edades. Y aunque es cierto que las capacidades están latentes debido a esa interconexión, es propio de cada edad evolutiva la maduración de determinadas áreas, que se repiten y siguen madurando cíclicamente a lo largo del tiempo.

Pues bien, la etapa de 4 a 6 años es una etapa muy delicada en la persona. Es la primera vez que se conecta de manera formal y determinante con las emociones.  Éstas son el puente o el centro de conexión entre el hacer y el pensar. La buena gestión de las mismas permitirá la fluidez energética que se necesita para encontrarse bien con uno mismo. Por eso es tan importante.

Sin embargo, esto no significa que anteriormente de 0 a 4 años el niño no tenga emociones o no las reconozca. Nada más lejos.

Lo que establece y marca esta etapa de 4 a 6 años es el primer contacto con lo que son las emociones en uno mismo, y el fuerte impacto emocional que produce vivirlas desde los modelos familiares (padre y madre), que son la referencia que el pequeño tiene para conocerse en esta área. Es decir, las emociones que manifiesta son las que vive y observa en su casa, pero sin saberlas gestionar. Y eso conlleva que el adulto se arme de mucha paciencia y tolerancia, y sobre todo, que sepa establecer normas y límites que le ayuden a ello.

Nota: Si esto le pasa normalmente a un niño de 4 a 6 años, los niños que nacen en época primaveral (del 21 de marzo al 21 de junio) lo experimentan con mucha más intensidad. También se ven afectados los pequeños que nacen en otoño (del 22 de septiembre al 21 de diciembre); el otoño lleva dentro a la primavera, de ahí la posible afectación (pero esto es un tema para otro artículo)

Os explico un poco más. De 0 a 4 años (la etapa anterior) el niño tiene una necesidad imperiosa de ser mirado y reconocido en su poder. Ese poder que experimenta como la capacidad de hacer por sí mismo, como el impulso vital que le lleva a decirse: “yo estoy aquí, tengo cuerpo, energía, capacidad y fuerza”.

Ahora, de 4 a 6 años, y una vez experimentado el primer contacto con el poder propio (algo que seguirá desarrollando hasta los 12 años), siente la necesidad vital de, no sólo ser mirado, sino también de ser aceptado y querido.

Pero, ¿cuál es el mayor reto de esta edad? El mayor reto como adultos es que no siempre es fácil aceptar y querer a un niño que está manifestando en su cuerpo emociones, que muchas veces son un reflejo de emociones mal gestionadas de los propios adultos. Lo que produce que, además de que se haya de tener tranquilidad y paciencia para acompañar al niño y ayudarle en su gestión, se haya de tener también para con uno mismo, pues la expresión que hace el pequeño, aún siendo exagerada, polarizada y extrema, es la expresión que, de forma inconsciente, incorpora de sus familiares.

¿Qué es lo más importante que ha de tenerse en cuenta?

Son varias cosas, pero me gustaría destacar éstas.

Una de ellas es que el pequeño ha de sentir esa aceptación de verdad.

Hay que tener en cuenta que se mueve mucho más, grita, le cuesta permanecer en un sitio durante un tiempo prolongado, necesita constantemente cambiar de actividad; hace movimientos y sonidos que implican una alteración de sí mismo, pudiendo resultar esperpéntico; otras veces se siente agresivo o demasiado laxo, etc.

La recriminación, en estos casos, aparece. Unas veces de forma explícita y otras de forma muy sutil e inconsciente: con una palabra, un gesto, una actitud, …

Por otro lado, el adulto ha de tomar conciencia de su propia gestión emocional y de reflexionar sobre cómo fue recriminado en su infancia, por mostrar esas emociones no gestionadas (pienso que todos hemos sufrido un poquito en esta edad). Es por esta razón por la que la recriminación hacia el niño puede ir teñida de las recriminaciones personales que sufrimos en la infancia, que a día de hoy hemos hecho nuestras y que no nos han permitido tolerarnos emocionalmente como somos.

“No te entiendo”, “no sé qué quieres decir”, “no es para tanto”, “lloras por todo”, “y ahora qué pasa …”, ”todo el día igual”, “no pasa nada”, “tranquilízate”, etc., son algunos ejemplos de frases que decimos y que sostienen esa sutil recriminación que hacemos sin darnos cuenta.

Una de las herramientas fundamentales para ayudar al pequeño es tomar conciencia de las palabras que le decimos.

Pero otra, de suma importancia, es el establecimiento de límites y normas claras, necesarias para evitar el descontrol emocional. De hecho, la no recriminación se hace mucho mejor cuando existen. Son el mejor campo de juego para ejercer la Firmeza y la Flexibilidad, algo imprescindible en estas edades.

Seguramente el propio hogar ya tiene unas normas establecidas, y el niño ya las conozca desde edades anteriores. Sin embargo, ahora las tiene que reconocer, es decir, saber cuáles son, y las consecuencias de cumplirlas o de no hacerlo.

Un límite es algo innegociable, es una frontera que guía y reconduce; una norma es una pauta o criterio de actuación que tiene una consecuencia; puede ser negociable y variable según las edades del niño.

Ambas cosas representan la firmeza para gestionar las emociones y la flexibilidad para expresarlas. Si la norma o el límite no permite estas dos cosas, será más difícil que el niño quiera cumplirlas y eso puede derivar en procesos de rebeldía insanos, que impidan desarrollar la creatividad después.

Huelga decir que en el establecimiento de las mismas se requiere unicidad entre padre y madre

Un ejemplo de límite: “vamos a ir a casa de los abuelos. Podrás llevarte el juguete que tú elijas”.

Un ejemplo de norma: “A las 9 estamos en la cama. Una vez allí, te leeré tu cuento preferido”

Me gustaría hacer referencia a las tipologías de actividades que ayudan a canalizar la actividad emocional que sienten los niños

  • Actividades de MOVIMIENTO con RITMO
  • Actividades de VOZ o expresión con la misma
  • Actividades de PINTURA
  • CUENTOS
  • ESCENIFICACIONES o REPRESENTACIONES en las que se asuman roles y se les permita comprender lo que les pasa (a su nivel)

Por último, os hago referencia al vídeo de Youtube en el que hablo sobre esta edad desde otra perspectiva, y que puede ayudaros a completar todo lo que os he contado.

Esto es un pequeño pedacito de todo lo que podría hablarse de esta edad y sus implicaciones.

Espero poder matizar determinados aspectos en artículos posteriores.

Si necesitas asesoramiento familiar sobre este tema o temas relacionados con tus hijos y su infancia, puedes ponerte en contacto conmigo a través de mi web o a través de mi instagram @estelaruedaeducacion

Fotografía @estelaruedafotografia